Lao tse
está lejos de darnos una teoría cualquiera para la comprensión del mundo,
sino que más bien pretende mostrarnos el camino que conduce de la confusión
del mundo de los fenómenos hasta lo eterno. Encontrando este camino y
siguiéndole se obtiene el Tao.
A
la obtención del Tao se llega por dos caminos. Uno por medio del ser, y el otro
por medio del no-ser.
Quien
encuentra el sentido en el ser, no se confunde en los fenómenos. Estas son las
formas extensas del Tao: alto y bajo, bello y feo, bien y mal. No existe nada
que no sea por el Tao y hasta la más pequeña mota de polvo le pertenece, pero
buscar el Tao en la realidad de los fenómenos es inútil y no tiene propósito
o intención alguna. Cuanto más se explota la tierra teniendo propósito e
intenciones determinadas, cuanto más se cultiva el afán, y más se actúe, y
más se logre, tanto más enredado y dividido estará: esto es contrario al
sentido y está cercano al fin. Es igual hacia donde se dirija uno. La búsqueda
de placer, color, tonos, dulces, juegos excitantes, bienes excepcionales, llevan
a la inversión más profunda de la confusión.
También
será locura tener por objeto cultivar la santidad y la sabiduría, el amor y la
responsabilidad, el arte y la ganancia, la erudición y el conocimiento. pues
con esto se afirma con exceso un polo, el cual enseguida hace resaltar el otro.
Cuando
todos reconocen lo bello como bello se constituye lo feo. El Tao es como un
arquero, el cual reduce una parte por medio de la contraria. Lo alto es
reducido, y lo bajo elevado.
El
sentido del cielo es aminorar el vació y reducir el defecto.
El
camino del ser al sentido lleva a través del reconocimiento de los opuestos en
el mundo de los fenómenos. Cuanto más libre se esté de la locura del afán,
tanto más se es liberado del propio yo. Desde ahí ya no se observa el mundo a
través del miedo y la esperanza, si no que es percibido como un simple objeto.
Se observa como todas las cosas se elevan y se hacen grandes para retornar a su
raíz. Se ve como fuerzas intrépidas se desatan cual tormentas de tifones; más
un tifón no dura nunca más de una mañana, y luego vuelve la calma. Es posible
reconocer las fuerzas de las armas, pero éstas no pueden vencer, así como a
pesar de que un árbol sea fuerte, puede ser cortado.
El
sufrimiento está en aquel que depende de la alegría. Por lo tanto en
la alegría yace oculto el sufrimiento. Por medio de estos
reconocimientos es posible desconectarse del yo, el cual es la
auténtica razón de la locura. Ese pequeño yo que mantiene que una
vida es ese lapso de tiempo entre nacimiento y muerte.
Pretender
algo en ese lapso de tiempo y realizarlo por la magia del nombre, a la
que también se le conoce como afán, es lo que lleva a la
complicación, siendo a la vez la causante de ella, y esta aparta al
hombre de la conciencia del Tao. Así la piedad propia es algo
intranquilizarte, y el honor un gran mal. Las dos cosas pertenecen a
la personalidad que atrae todo hacia si. Este yo de la personalidad
está en continua intranquilidad; o porque se apodera de la piedad, o
porque la pierde, y lo mismo ocurre con el honor. Así cuando nos
desconectamos de la personalidad, desaparece todo malestar, pues el
Tao actúa con soberana seguridad incluso cuando el yo esta oscurecido
por las apetencias, ya que estas apetencias mismas son por normas,
fijas, efectos del Tao. No podría ser de otra forma que como es,
sólo se trata de no preconstruir el camino, a así se limpia la
tierra de locura, y es posible contemplar el juego de la vida con paz
interior.
Se sabe
que vivir y morir es simplemente un entrar y y salir cuando se está
siguiendo la norma externa, sin detenerme en ningún sitio, en ningún
lugar endurecerse o estar rígido; así es posible mantenerse en el
río del Tao, y las fuerzas de la muerte que sólo pueden apoderarse
cuando se está en lo individual, no tienen ningún poder sobre uno.
Así
el camino del ser es un camino hacia el Tao por encima de lo eterno.
El
Tao esta distribuido en el ser, y se ve estando libre de ilusión y
observando la obra de arte de la madre, la cual teje sus mechones y
los deja fluir constantemente como los chorros de una catarata
seguidos unos de otros. pero se sabe que el velo está vivo en un
continuo ondear; no conoce el detenerse, ni la procesión, no conoce
al yo, ni la resistencia, todo fluye.
Esta
forma pura de observar que capta el sentido en lo pasajero, es la de
uno de los caminos. El otro camino va a través del No-ser. A través
de él se alcanza la observación de las fuerzas misteriosas, se
alcanza la observación de las fuerzas que se unen con la madre. Lo
que anteriormente era sólo una interpretación, se convierte en
experiencia. Se llega al único uno, a la puerta oscura de la que
surgen cielos y tierras, todos los seres y todas las cosas y fuerzas.
Este camino es el camino de la soledad y la recapacitación. Aquí
surgen conocimientos de los cuales no se puede hablar simplemente se
pueden contemplar con asombro en la quietud del silencio. este camino
de silencio lleva más allá de cualquier personalidad; pues la
persona no es más que la vestimenta mortal que se despierta al pasar
por la vida. este camino lleva por la quietud, ahí donde lo visible
se desvanece en apariencia inmaterial. Conduce de lo múltiple al uno.
Para poder reconocer este camino hace falta tener una preparación
interna, y hay que trabajar el alma de forma que se pueda retener el
uno, sin dispararse, pues este es el criterio.
Cuando
el hombre sabio oye hablar sobre el Tao, se sujeta a él. Cuando un
hombre medio oye hablar sobre el Tao vacila, y tan pronto lo tiene
como tan pronto lo pierde. pero hay que salir de la duda, y querer
entrar en la santidad interna.
La
unidad completa es lo primero. luego viene la flexibilidad de las
fuerzas del alma. No debe quedar rigidez alguna, pues la experiencia
viene siempre sutil. Las fuerzas internas tienen que hacerse como un
río y vencer los obstáculos.
Y
hay que ser como un niño, al que los esfuerzos no agotan porque es
ágil y blando y no esta rígido.
Esta
fluidez interna no es ninguna dispersión, es el escalón que tiene la
perseverancia de recogimiento por suposición, que no puede fallar
porque está bien arraigada. Sólo entonces es posible la
contemplación del Ser interior y profundo, sólo si el espejo del
alma esta limpio, sin manchas y suave, de modo que no quiera retener
impresiones, sino que sigue las animaciones que surgen de lo profundo,
sin pretensión alguna. Y así vive, como se abren y se cierran las
puertas del cielo. Ve lo invisible, escucha lo audible y siente lo
inalcanzable. Es está allende del ser, en lo profundo, donde la madre
se convierte en testigo de los misteriosos acontecimientos de la vida
y se comporta de forma callada y quieta, como un pájaro hembra que
incuba un huevo sabiendo que está ocurriendo el misterio de la vida.
Y el huevo se abre. La unión con el sentido final tiene lugar. El
hijo ha encontrado a la madre, y por ello sobreviene la gran claridad
que ilumina todo, el gran desafiante reconocimiento del único Uno.
A
través de este reconocimiento es posible que no se quiera separar
más los opuestos, sino que que se reconocen y se unen en elevada
síntesis; le reconoce su creación masculina, y se mantiene
igualmente lo creado femenino, reconociendo su gloria se cae a veces
en oprobio. Por ello se es liberado de toda necesidad de la persona, y
se regresa al único principio. Quien reconoce su niñez y cuida de su
madre (la gran madre del mundo del Tao) nunca cae en peligro. Quien
cierra su boca y calla sus sentidos, no encuentra agobio en su vida,
no teme a tigre ni a rinoceronte alguno y cruza entre los ejércitos
sin llevar armas; porque en él no hay punto mortal en el que pueda
ser herido, ya que nada en él hace frente a nada.
Desde
ese reconocimiento rige su obra. El siempre actuaría sobre eso que
todavía no es y pondrá orden donde todavía no hay desorden, pues es
justo entonces, cuando están ya los brotes en lo invisible, de lo
cual habla el Libro de las Transformaciones. Sirve actuar sobre este
brote, pues entonces aquello que fue puesto en el brote se desarrolla
según crecimientos de éste, sin necesidad de hacer nada por sí
mismo. Esta influencia orgánica del brote, es decididamente la forma
de eficacia de aquel que ha alcanzado el Tao. Lo que es plantado así
no se puede arrancar. El buen caminante no deja huella. El buen
cerrajero no precisa cerradura. Quien sabe actuar sobre los brotes,
basa también su poder oculto en dejar que las fuerzas contraria se
desarrollen primero.
Para
poder apretar algo hay que dejar que se expanda primero. Pues sólo
porque esta fuerza por ejecutar se acerca a su agotamiento, presenta
la facilidad de ser sobrepasada.
Este
tipo de formas secretas, se basan en fórmulas que pueden llevar a la
magia negra, como por ejemplo fueron utilizadas más tarde en el
taoísmo mágico, así como por el método del jitsu japonés.
Sólo
en Lao tse es diferente, él ve el mecanismo de obrar mágico frente a
sí, mas no le interesa sacar provecho mágico de estos conocimientos.
Pues lo más elevado para él es penetrar en la unidad, en la que ya
no existen opuestos que puedan ser utilizados.
En
esto está la diferencia entre su camino y el camino de los
conocimientos. Los conocimientos se expanden cada vez más por el
mundo. Se busca, se investiga, cada vez más, con hechos. Pero para
obtener el Tao hay que profundizar en el interior, hasta alcanzar el
punto en el que la personalidad individual se une con el todo
cósmico. Desde ese punto se hace posible la contemplación del ser.
Sin salir de casa se puede conocer el mundo. Sin mirar por la ventana
se puede apreciar el sentido del cielo. Quien mantiene este objetivo
no precisa vagar, y alcanzará su meta: no mira a nada y lo tiene todo
claro, no obra y llega, sin embargo a contemplarlo todo.
Así
llevará su vida con personalidad, pero su personalidad ya no le
estorbará; jugará su papel como los demás, mas se mantendrá
alejado del barullo ajeno. Pues es libre de locura y sólo desea
nutrirse de su madre.
TEXTOS EXTRAÍDOS DEL
TAO TE KING
VERSIÓN
DE RICHARD WIHELM