El poder ficticio
de las palabras.
Estimado profesor Velmont: Mi esposa
constantemente me está diciendo cosas que me molestan. Sé
que lo hace a propósito. Vulgarmente, esto se llama "poner
el dedo en la llaga". Se lo he explicado mil veces pero no me entiende
o no quiere entenderme. Amo a mi esposa, pero a veces el amor no basta
para enfrentar ciertas actitudes. ¿Hay alguna forma de solucionar
este problema o por lo menos aliviarlo? Lo saludo muy atentamente.
Respuesta
Cuando alguien dice algo que nos
molesta, nos enojamos. ¿Por qué sucede esto si las palabras
no tienen ninguna fuerza? Para probar que no la tienen basta gritarle a
un pequeñísimo granito de arena "¡muévete!"
y veremos que no se desplazará ni siquiera una millonésima
del pelo de un cabello. La respuesta es que nosotros mismos le estamos
dando poder sobre nosotros a esas palabras. Cada uno crea sus propios estados
de ánimo y ninguna palabra tiene poder para molestar a nadie, a
menos que uno mismo le haya dado ese poder. Y si le hemos dado poder a
determinadas palabras para que quien las pronuncie nos moleste, la única
alternativa que nos queda es retirarles el poder que nosotros mismos les
hemos dado. ¿Puede haber en este mundo algo más paradójico
que darle poder a determinadas palabras para molestarnos y luego echarle
la culpa a quien las pronuncia? Un abrazo.
Horacio Velmont