La obra que tienes en tus
manos, amigo lector, fue programada en los niveles espirituales por nuestras
propias almas, con la supervisión de la Jerarquía Planetaria,
incluso antes de que mi hermano Jorge Raúl Olguín y yo viéramos
la luz en este mundo físico.
No es necesario decir que antes
de encontrar a quien más tarde sería el perfecto puente o
vínculo de comunicación con las Altas Entidades espirituales
y angélicas, que habitan en los niveles vibratorios de los planos
4º , 5º y 6º, pasé por diversos médium
de muy baja categoría moral y espiritual, cuyos mensajes no provenían
de Entidades Maestras, sino de espíritus del error, cuyas moradas
son los niveles 2º y 3º.
Los peligros de las falsas transmisiones
es lo que ha movido a casi todos los líderes espirituales a prevenir
a sus seguidores respecto de la mediumnidad, pero no porque no sea posible
la comunicación entre los dos planos, el físico y el espiritual.
Yo estuve durante un tiempo en una
corriente del Espiritismo y habiendo realizado algunas prácticas
de incorporación conocía, por haberlo experimentado personalmente,
de la posibilidad de las comunicaciones entre ambos mundos.
Había visto con asombro
cómo mis compañeros cambiaban de personalidad,
e incluso de tono de voz, al incorporar a alguna entidad desencarnada.
Más tarde supe por mis Guías
y Maestros que rara vez en estos lugares se presenta una entidad de Luz
y por eso los mensajes son casi siempre intrascendentes.
Esa rama del Espiritismo, por lo
tanto, no calmó mis ansiedades de conocimiento y abandoné
ese sendero no afín a mí, aunque continué la búsqueda.
No estoy en contra del Espiritismo. Sé que está cumpliendo
una misión muy importante. Pero, definitivamente, no era para mí.
Como muchos, sin embargo, mis comienzos
fueron en la religión Católica pero, de la misma forma
que el Espiritismo, no calmó mis deseos de saber y no tuve más
remedio que abandonarla y seguir mi búsqueda, no criticando lo que
dejaba atrás.
Yo buscaba el camino de la Luz y
no dogmas que limitaran mi consciencia.
Estuve en muchos lugares, leí
infinidad de libros y tuve, como cualquiera, experiencias extrañas
que me dieron mucho que pensar.
Naturalmente, me interesó
el fenómeno OVNI y aprendí mucho al respecto, pero el hecho
de saber que se trata de vehículos dirigidos por seres provenientes
de otros planetas no me servía para obtener las respuestas que buscaba,
y que han desvelado a todos los filósofos desde el principio de
los tiempos: de dónde venimos, para qué estamos aquí
y hacia donde vamos.
Aunque en un plano inferior, mi
búsqueda estaba también orientada a resolver una serie de
molestias físicas que me afectaban grandemente la facultad de pensar.
Y esto era grave porque se trataba de la facultad que más necesitaba,
ya que mi oficio es escribir.
La búsqueda de una solución
a mis padecimientos me llevó a Dianética y cuando llegué
a ella mi vida experimentó un cambio, pues se trataba de un tema
que sí me era útil, es decir, explicaciones científicas
irrefutables, comprobables por cualquiera, en fin, algo que funcionara
de acuerdo a axiomas invariables y siempre que se pusiera en práctica.
Dianética al principio, y
Cienciología después, no sólo me brindaron algunas
de las respuestas que con tanto ahínco había perseguido,
sino la suficiente claridad mental y el bienestar necesario como para que,
junto con mis conocimientos anteriores y los que obtuve posteriormente
a través de una técnica creada por mi hermano espiritual
Jorge Olguín, llamada Psicointegración, me encontrara
preparado para la misión que tenía asignada en esta vida,
que es difundir el conocimiento para la Nueva Era a través del contacto
con el mundo suprafísico.
No dudo ni un instante de que este
libro provocará un revuelo en todos los círculos científicos
y religiosos, porque les exigirá la revisión de muchas de
sus conclusiones antes tenidas por ciertas.
Tampoco dudo de que muchos negarán
lo que aquí se expone como verdades, exigiendo para aceptarlas las
consabidas pruebas, pero a ellos cabe replicarles que “el que necesita
pruebas no está en tiempo, porque el que está en tiempo no
necesita pruebas”.
Llegará el día en
que estos hechos, hoy puestos en duda por los “eruditos” de turno, serán
enseñados a los escolares como realidades científicas incuestionables.
Ello no quita, sin embargo, que
más adelante también estas verdades sean cambiadas por otras,
porque así son las cosas en este mundo, donde nada parece ser definitivo.
Además de mi agradecimiento
a L. Ronald Hubbard —fundador de Dianética y Cienciología—
con el que comencé a caminar el nuevo sendero, vaya también
mi eterna gratitud a todas las entidades espirituales y angélicas
que se acercaron para brindarme las respuestas ansiadas y sin cuyo amor
y solicitud la segunda parte de este libro nunca hubiera visto la
luz.