Naturalmente, me interesó
el fenómeno OVNI y aprendí mucho al respecto, pero el hecho
de saber que se trata de vehículos dirigidos por seres provenientes
de otros planetas no me servía para obtener las respuestas que buscaba,
y que han desvelado a todos los filósofos desde el principio de
los tiempos: de dónde venimos, para qué estamos aquí
y hacia donde vamos.
Aunque en un plano inferior, mi
búsqueda estaba también orientada a resolver una serie de
molestias físicas que me afectaban grandemente la facultad de pensar.
Y esto era grave porque se trataba de la facultad que más necesitaba,
ya que mi oficio es escribir.
La búsqueda de una solución
a mis padecimientos me llevó a Dianética y cuando llegué
a ella mi vida experimentó un cambio, pues se trataba de un tema
que sí me era útil, es decir, explicaciones científicas
irrefutables, comprobables por cualquiera, en fin, algo que funcionara
de acuerdo a axiomas invariables y siempre que se pusiera en práctica.
Dianética al principio, y
Cienciología después, no sólo me brindaron algunas
de las respuestas que con tanto ahínco había perseguido,
sino la suficiente claridad mental y el bienestar necesario como para que,
junto con mis conocimientos anteriores y los que obtuve posteriormente
a través de una técnica creada por mi hermano espiritual
Jorge Olguín, llamada Psicointegración, me encontrara
preparado para la misión que tenía asignada en esta vida,
que es difundir el conocimiento para la Nueva Era a través del contacto
con el mundo suprafísico.
No dudo ni un instante de que este
libro provocará un revuelo en todos los círculos científicos
y religiosos, porque les exigirá la revisión de muchas de
sus conclusiones antes tenidas por ciertas.
Tampoco dudo de que muchos negarán
lo que aquí se expone como verdades, exigiendo para aceptarlas las
consabidas pruebas, pero a ellos cabe replicarles que “el que necesita
pruebas no está en tiempo, porque el que está en tiempo no
necesita pruebas”.
Llegará el día en
que estos hechos, hoy puestos en duda por los “eruditos” de turno, serán
enseñados a los escolares como realidades científicas incuestionables.
Ello no quita, sin embargo, que
más adelante también estas verdades sean cambiadas por otras,
porque así son las cosas en este mundo, donde nada parece ser definitivo.
Además de mi agradecimiento
a L. Ronald Hubbard —fundador de Dianética y Cienciología—
con el que comencé a caminar el nuevo sendero, vaya también
mi eterna gratitud a todas las entidades espirituales y angélicas
que se acercaron para brindarme las respuestas ansiadas y sin cuyo amor
y solicitud la segunda parte de este libro nunca hubiera visto la
luz.
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